Desde que nací, me he pasado toda mi vida veraneado entre las playas del Maresme y la pequeña isla de Menorca. Allí, crecí dándome mis primeros chapuzones, correteando por los espigones de las rocas buscando cangrejos, aprendiendo a ir en bicicleta, a bucear, a trepar por los árboles… Allí es donde empecé a saber lo que eran las excursiones, las aventuras, las pandillas de amigos, las largas noches verano y un sinfín de experiencias que llenan el pequeño baúl de los recuerdos de mi infancia. Ahora que «teóricamente» ya soy mayor y he sobrepasado mis 40 años de edad, voy a intentar seguir alimentando mis recuerdos, pero desde otro maravilloso lugar; el Baix Empordà.

Calella de Palafrugell, Begur, Palamós, Pals, Llafranc, Púbol, Cruïlles, Peratallada, Fontanillas… No sé por dónde empezar, ni por dónde acabar. Ha sido una fin de semana muy intenso en el que no he parado de hacer fotos. Este rincón de Catalunya es mágico y parece que el tiempo se detiene. Sólo hay que escuchar a quienes llevan l’Empordà en sus venas, como a mi queridísima Carolina Ferrer, que se le aguan los ojos y eriza la piel cuando habla de este lugar. Gracias a ella, he descubierto sabores, momentos y lugares que me han cautivado para enamorarme cada vez más de esta mágica comarca. Hoy sólo hablaré de Calella de Palafrugell , un antiguo pueblo de pescadores, pero prometo volver mil y una veces más para seguir inmortalizando mi nuevo y futuro lugar.

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